Cuando Jean
Jacques Rousseau escribió hace 246 años su obra más
reconocida y aplaudida, las condiciones de vida de sus receptores poco tenían
que ver con las que hoy se viven en países que disfrutan de una democracia
avanzada. El poder era absoluto, Dios o su representación como Naturaleza eran
la expresión genuina del poder, la democracia moderna no había nacido, los
Estados Unidos todavía no se habían independizado del Reino Unido, aún faltaban
varios años para la
Revolución Francesa, el analfabetismo era inmenso, tanto como
la desigualdad social y la ausencia de libertad.
¿Qué tiene que ver aquella sociedad con la nuestra?. Prácticamente nada. Pero el antiguo contrato social
permanece vigente como pilar fundamental sobre el que se establece la
representación política, por el que unos ciudadanos denominados políticos
acumulan todo el poder en sus manos por una representación obtenida en las
urnas en condiciones inicuas y sesgadas, en un proceso considerado y difundido
como democrático, pero que realmente es la máscara de una sutil y administrada
demagogia.
Rousseau estableció en una de las cláusulas de su
contrato, que los ciudadanos podrían dotarse, siempre que quisieran, de un
nuevo contrato porque las leyes, los derechos y los deberes no son inmutables.
Pero esta parte se les ha olvidado a los políticos que hoy nos representan,
porque no les interesa recordarla.
Previamente a lo establecido por el filósofo francés, otros autores como Hobbes y Locke habían considerado
otras fórmulas de contrato social entre gobernantes y gobernados. En el caso
del autor del "Leviathan", que tenía una
concepción pesimista del hombre, solo el establecimiento de un poder absoluto
que dispusiera del uso legítimo de la fuerza podría evitar los conflictos, y en
último término, la guerra.
John Locke, autor de
"Dos ensayos sobre el gobierno civil", se configura como uno de los
precursores del liberalismo, venía a considerar desde su exaltación de la
libertad, que solo era necesario establecer un contrato mínimo fundamentado en
una justicia comunitaria por encima de cualquier poder absoluto, que solo
tendría que intervenir en caso de que las leyes naturales (el era cristiano),
no fueran suficientes para dirimir en los conflictos que se presentaran entre
los individuos, y que fundamentalmente se referían a la vida, la libertad, la
igualdad y la propiedad.
Desde la desconfianza en los
políticos
El modelo de contrato social de Rousseau, hoy está
completamente agotado, porque la democracia solo es formal, la representación
no es igualitaria, y los políticos utilizan su potestad más en beneficio de sus
intereses personales o partidarios, que en el de los ciudadanos que les alzan a
su estatus.
Rousseau era un ingenuo que consideraba que el ser
humano era bueno por naturaleza, y le asignaba dos pulsiones básicas, una el
instinto de supervivencia (inducido previamente por Hobbes)
y otra la piedad (repugnancia por el sufrimiento ajeno) de lo que se deduce que
la maldad cuando brota emerge de la sociedad y la cultura, de la agrupación de
los individuos en el poder, acantonándose en su forma más perversa en las
instituciones del Estado.
El modelo de Rousseau considera que la vida social
requiere un acuerdo implícito entre los seres humanos, en el que cada individuo
renuncia a una parte de la libertad que tendría en condiciones naturales
(estado salvaje), para cederla a una voluntad general comunitaria que establece
de forma justa los derechos y los deberes de los individuos en un contrato, que
les otorga ciertos derechos a cambio de abandonar parte de la libertad que
dispondrían en estado de naturaleza y de cumplir con ciertos deberes.
Más recientemente, durante el pasado siglo, John Rawls propuso una nueva fórmula de contrato desde una
lógica kantiana, en la que partiendo de una hipotética posición preliminar de
neutralidad, y eludiendo las preferencias individuales, los seres racionales
situados bajo un velo de ignorancia podrían alcanzar un acuerdo para establecer
unos principios generales de justicia.
La necesidad de un nuevo contrato
social
La sociedad del siglo XXI nada tiene que ver con la sociedad en la que vivieron
todos los teóricos del contrato social. Una sociedad en la que es posible la comunicación inmediata, el
acceso pleno a la información, con unas tecnologías que pueden permitir la democracia directa en la mayoría de los
problemas que se presentan en nuestras vidas, y con una población conformada
por ciudadanos con un nivel cultural y un criterio suficiente, no puede seguir
siendo representada con criterios de hace más de dos siglos, porque a los
políticos, que son los principales beneficiados, les convenga.
En las condiciones actuales
es necesario erradicar paulatinamente la mediación en la representación
política, pero los ciudadanos estamos secuestrados en nuestra decisión, pues si
bien decidiéramos en su momento representarnos a nosotros mismos, los políticos
impedirían cualquier movimiento en este sentido, bloqueando cualquier
iniciativa que volviera precaria su situación personal.
El nuevo contrato social debe erradicar la mediación y la representación
política, hay que superar el viejo aforismo de un hombre, un voto, con una
nueva consigna: un hombre,
una decisión política, y esta no puede restringirse exclusivamente al sufragio.
El poder de los políticos
está condenado a la restricción, para que la voluntad general recupere su
auténtico significado, y los ciudadanos podamos recobrar la porción de libertad
que hoy detentan nuestros representantes, y que se corresponde con la
soberanía.
Tras las nefastas actuaciones de nuestros representantes políticos, cada día va
resultando más necesaria una nueva Constitución Política.
Una Constitución del siglo XXI. Donde
los ciudadanos nos incorporamos a la toma de decisiones. Ya no tenemos que
mirar al parlamentarismo y menos al Presidencialismo. Ahora no tenemos solo que
conformarnos con entregarle el poder a unos cuantos y que estos hagan lo que
quieran, como es ahora. Podemos hacerlo nosotros. Lamentablemente nuestros políticos
son aún muy retrógados y no comprenden la revolución
que se viene en el mundo entero. Los ciudadanos cada día comienzan a tomar
conciencia de su nuevo poder. Una Constitución que se base en las relaciones on line. Donde el que quiera
participar participa, pero no más monopolios, no más distorsión de la
democracia. En Grecia se practicó la Democracia directa y ahora la tecnología
nuevamente nos permite entrar a ella. Podemos demorarnos más que otros o
podemos ser los primeros en América Latina. De la visión de los que leen este
artículo pende el futuro de nosotros. Oh estamos atrás, o nos adelantamos. Esta página
cumple con la misión de mostrarles el camino. Pero no lo podemos recorrer solos.
Los ciudadanos conscientes, sabemos que debemos entrar todos al siglo XXI.
España, EEUU, Reino Unido,
comienzan a desarrollar poder ciudadano virtual. Saber que el futuro nos depara
es alentador, pero no decirlo es de egoístas y no hacerlo es de necios.
Políticos de Chile, devuelvan el
poder a los ciudadanos. Legislen, habrán las puertas a la democracia o caerán
como caen todos los retrógados.
No hay posibilidad de regeneración democrática, sin erradicar la degeneración
democrática en la que estamos viviendo, y eso solo resulta posible devolviendo
a los ciudadanos la administración plena de su soberanía secuestrada.
Basado en texto
http://ciudadanosenlared.blogspot.com/2008/03/hacia-un-nuevo-contrato-social.html
Biante de Priena